Exploración de la nieve

En el principio fue la nieve: la página en blanco sobre la que se inscribió el verbo.
En la nieve todos escribimos con los pies.
La nieve es la página en blanco que aguarda la escritura del invierno: huellas humanas y animales se unen en una sola caligrafía.
El rastro de tu sonrisa en la nieve: la huella de un animal que espera la clasificación que le corresponde antes de rendirse al invierno.
Las huellas trazadas en la nieve constituyen los nombres secretos del invierno que el mundo no se atreve a pronunciar por pudor.
La huella de una mano en la nieve es la evidencia de que el invierno posee un tacto que no podemos percibir a simple vista.
Pocas cosas tan bellas como un cementerio hundido en la nieve: las lápidas son signos de puntuación en el discurso incesante de la blancura.
Bajo la nieve quedan sepultadas todas las palabras dichas en las estaciones anteriores al invierno.
Al reverso de la nieve está tatuado el nombre del agua.
Si uno acerca el oído a la nieve y escucha con atención podrá percibir el murmullo del agua que la formó.
La nieve es agua en estado de gracia: en invierno el mundo recupera su pureza primitiva.
El mundo se cubre con la nieve mientras se alista para mudar de piel: el invierno como protección epidérmica.
Bajo la nieve el mundo palpita como una bestia tibia oculta en su madriguera: basta detenerse un instante para escuchar sus latidos.
Las verdaderas raíces de la nieve están en el resplandor: árbol de ilimitados fulgores es el invierno.
Cada vez que nuestra sombra toca la nieve sentimos una oscura punzada de frío.
Un cuervo que aterriza sobre la nieve es el modo furtivo y misterioso en que la noche se hace presente a plena luz del día.
Frente a la nieve hasta el silencio palidece.
En la quemadura de la nieve está implícito el corazón blanco, inmaculado, de la llama.
La mordedura de la nieve hace pensar en las fauces inesperadas de un tigre blanco.
El lobo en la nieve, la nieve en tus labios: los trucos visuales del invierno.
Una manzana cae de golpe sobre la nieve, una gota de sangre aflora en tu piel blanquísima: las correspondencias del invierno.
La desnudez lacerante de la nieve, la blancura de tu cuerpo como un tajo entre las sábanas frías: las equivalencias del invierno.
Tus ojos como ventanales de piso a techo tras los que cae la nieve del atardecer: lenta, sigilosa, suave como la sal de la tierra.
Arde una hoguera en medio de la nieve: tu aliento iluminado intermitentemente por las luces traseras de los automóviles vespertinos.
Regar una botella de vino tinto sobre la nieve en ofrenda a los dioses del invierno: el culto a la intensidad del blanco y el rojo.
Soy Jackson Pollock, piensa el vampiro, mirando el dripping que la sangre de su víctima ha estampado en el lienzo de la nieve.
Ni Eva vio la nieve: el invierno se desató milagrosamente a partir de la expulsión del paraíso.
Un río nevado es un caudal de tiempo detenido: aun las aves que lo sobrevuelan parecen quietas, minutos paralizados en el reloj invernal.
En el aire estático flota un copo de nieve: la araña cristalina que empezará a tejer la red vasta e inmaculada del invierno.
La tarde se desmorona con un crujido como de huesos astillados. Ha comenzado a nevar. Abre bien los ojos: pasaremos la noche en blanco.
[Foto: Boston Common, Boston, diciembre de 2010]
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Rey nuñez dijo
MUY INTERESANTE TU ESCRITO UN PLACER LEERTE
MIS SALUDOS
13 Julio 2011 | 04:47 PM